Ruina.

Parece algo enfermizo, el no estar con ella. Y sientes como si estarlo fuera la cura, y es que ya no existen dedos que sanen las caricias de sus dedos en la piel como puntos de sutura. Da igual cuantos trenes vengan, ella estuvo sin ser ni llamar y con el mismo permiso se queda.

Hay que estar jodidamente loco para no seguir el infinito que escondía bajo sus piernas. Y tú lo estabas, pero por ella, vertiginosamente bella, tanto que ya no hay copa ni botella capaz de poder con ella en su cabeza.

Ella salió por la puerta y con un aleteo de pestaña empezó este rompecabezas.

Ya no sabes qué hacer para que vuelva y eso va a buscar tu ruina.

Sólo piensas en ella, como si nada más importase, esperas en ese andén de una estación ya abandonada.
El suelo vibra al son del compás de los pies bailando para ella. Ella no espera, ella camina con la cabeza alta y eso te encanta y te acojona a la vez.

No puedes estar seguro de cuándo echará a volar, sólo sabes que cuando llegue el día no podrás pararla. Y eso sí que acojona.

Dile tú ahora que en el amor cuando termina o empieza siempre acabas de una pieza. Díselo, y entenderé que no te crea.
Es como si estuvieras delante del peor error de tu vida y sólo pudieras mirar.

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